«Aprender a pensar como cancilleres»: Hernán Alberto Terneus dio una clase sobre conflictos internacionales en Liberté

Desde la Unidad 15 de Batán —una cárcel de máxima seguridad que es, también, territorio Liberté— y en simultáneo por videollamada, una comunidad se sentó un viernes a la tarde a pensar el mundo. Era el 24 de octubre de 2025. En el salón del Punto de Paz, con modalidad híbrida, dio una clase abierta Hernán Alberto Terneus, ecuatoriano radicado en la Argentina, licenciado en Meteorología y consultor de las Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. El tema: la gestión de los conflictos internacionales. Estrategias y perspectivas para prevenirlos, comprenderlos y resolverlos.

El encuentro fue un EnClave Libre, el formato de la Universidad Liberté que, por fuera de las diplomaturas, lleva clases abiertas a la comunidad —incluyendo a las personas en situación de cárcel— en modalidad híbrida, con el acompañamiento de la agrupación Víctimas por la Paz. Abrió Pampa, presidente de la Cooperativa Liberté, que agradeció a Terneus el esfuerzo de viajar desde Buenos Aires «para acompañarnos, para conocer Liberté». Junto a él llegó su compañera de vida, Silvana Greco, que no participó de manera activa ese día pero se sumó a la diplomatura de la jornada siguiente.

Tomó la palabra Diana Márquez, secretaria del Consejo de Administración de la cooperativa, que enmarcó la clase en el proyecto de la Universidad Libre, Popular y Autogestionada de Liberté: «Tener hoy a Alberto Terneus es un lujo», dijo, y contó que lo había conocido gracias a Silvana Greco. «Tiene una capacidad de transmitir lo que sabe… y lo que sabe es muchísimo.» Lo que siguió fue una conversación de más de dos horas —con preguntas desde la sala y desde el Zoom— que fue del siglo XVII a la guerra en Ucrania sin perder el hilo.

Mirá la clase completa en EduTube.

«No importa el contenido: importa enseñar a pensar»

Terneus abrió diciendo que el tema «muestra que estamos todos conectados»: los grandes fenómenos que atraviesan el mundo —evocó el tango Cambalache, de Enrique Santos Discépolo— vienen ocurriendo a lo largo de la historia y seguirán ocurriendo. Enseguida avisó que el conflicto internacional es «un tema bastante complejo» y que, para no perderse, hay que trabajar con cuidado y por niveles de importancia: de lo individual a lo común, a lo nacional y a lo internacional. Su meta era pedagógica: que al final de la charla cada persona se sintiera «más autorizada» a opinar sobre lo que pasa en el mundo, con un modo de pensar propio. Lo dijo con una imagen que repitió toda la tarde: aprender a pensar «como cancilleres». Para entender la educación en la Argentina —ejemplificó— hay que pensar como ministro, no como alumno: el alumno quiere aprobar y tomar vacaciones; el ministro tiene que pensar el desarrollo del sistema a mediano plazo.

Para fundar ese método apeló a dos pensadores «muy límpidos». El primero, Baruch de Spinoza, nacido en Ámsterdam en 1632, que sobre la educación decía: «A mí no me interesa el contenido que les den a los alumnos en el aula. Me interesa que les enseñen a pensar», porque los contenidos cambian con las épocas y lo que perdura es saber pensar «con orden, con vinculación lógica». Spinoza, contó Terneus, distinguía cuatro maneras en que una persona percibe que está aprendiendo. La primera es cuando le dicen: un dato que se toma como indudable sin que a uno le conste —«así funciona el rumor»—. La segunda, la experiencia fortuita: el golpe en la rodilla, la quemadura con el aceite; «sumas desordenadas de experiencias» que no constituyen conocimiento. La tercera, muy usada en política, es atribuirle a un efecto la causa que le conviene a quien quiere instalar un modo de pensar: cae un rayo, se quema un árbol y alguien proclama el fin del mundo. «Uno no puede atribuirle a un efecto una causa», señaló; lo natural es al revés.

La cuarta «sí es la verdadera y es la ardua»: notar dónde está la falta de entendimiento, reconocer de qué naturaleza es el fenómeno —si es agronómico, veterinario, mecánico o eléctrico—, identificar sus variables críticas y trabajar con orden. «Es un trabajo que hay que ir profundizando… regresar hacia el interior de uno, revisar lo que pensó, averiguar más, avanzar.» Ese, dijo, es el conocimiento que «más nos va a acompañar» y el que «consolida una comunidad que descifra, que piensa, que comparte».

El segundo pensador fue Immanuel Kant y su texto Hacia la paz perpetua, de fines del siglo XVIII. Su punto de partida: así como las relaciones entre individuos dentro de un país están reguladas por el derecho y la economía, las relaciones entre los países también. Y lo central, subrayó Terneus: la condición de ciudadano «está anclada en las relaciones de derecho y económicas que configuran el Estado», y el Estado «notifica» al ciudadano en qué nivel de ciudadanía vive. Si garantiza educación, salud, vivienda y el cuidado de quien trabaja, le avisa que cualquier movimiento que haga estará acompañado; si se retira de la educación, de la salud, de la vivienda, «están notificando que la condición de ciudadanidad se está evaporando, y aceleradamente».

La anatomía de un conflicto: los ejes y las capacidades

Antes de los casos, Terneus ubicó el tablero. Los Estados, dijo, forman parte de un espacio cosmopolita ordenado por la Carta de las Naciones Unidas y sus organismos —educación, agricultura, desarrollo industrial, refugiados—. Recordó que el sistema reúne a casi doscientos Estados miembros, cada uno con su cuota según el tamaño de su economía, y pidió que la comunidad lo tuviera presente: «El sistema de Naciones Unidas es de todos nosotros». Funciona, comparó, como grandes ministerios del planeta: educación, salud, ambiente, agricultura, refugiados, armas, crimen organizado, comercio, meteorología.

Pizarrón de por medio, fue armando un gráfico. En un eje, el carácter manifiesto del conflicto —aquello con lo que predominantemente se lo identifica—: ambiental, de posesión territorial, económico, financiero, político (con sus dos vertientes, lo ideológico y la amenaza potencial) y, «lo más sublime del pensamiento humano», lo religioso. En el otro eje, la gestión del conflicto, con sus niveles de intensidad: del intercambio de notas diplomáticas («Hemos notado con gran disgusto…») a las amenazas y las gestiones destituyentes, las incursiones armadas o las intrusiones cibernéticas a sistemas críticos, hasta «la guerra pura y dura».

Las escuelas de diplomacia, explicó, arman con eso un plano prescriptivo: tipifican el conflicto y recetan cómo gestionarlo según su tipo. Pero «en la vida real» lo decisivo es otra cosa: la capacidad de quienes están a cargo de decidir los ritmos. Y ahí introdujo el esquema de las capacidades centrales, que sirve «para cualquier grupo que quiera trabajar una cosa bien»: conocimiento crítico sobre la materia del conflicto; un buen funcionamiento democrático interno —que incluye formar a los más jóvenes con la experiencia de quienes los preceden—; y capacidad de vinculación, de «leer el entorno» y pedir ayuda a quien sabe. Lo graficó con una botica de pueblo que no puede fabricar una aspirina y un laboratorio que la entrega al instante «porque tiene gente que sabe, gente que encuentra la forma de ser más rápida». «La gestión de un conflicto funciona así también.»

Cuando entran en juego cuerpos diplomáticos capaces de entender de verdad lo que pasa, agregó, el modelo se vuelve tridimensional: aparecen un «espacio de complejidad del conflicto» y un espacio de «complejidad gerencial». Y un eje más, que «sale de la esquina del aula hacia el piso»: el de la comunicación, porque los gobiernos tienen que rendir ante su población lo que hacen.

Del fin de la Isla de Pascua al Mediterráneo

Con el tablero armado, vinieron los casos. La Isla de Pascua entre los siglos XVI y XVII: cada clan tallaba sus tótems y los trasladaba sobre rodillos de troncos, hasta que la competencia deforestó la isla, desatendió la agricultura y «degenera en la antropofagia, que es el fin de la sociedad». Un conflicto, en el fondo, ambiental.

El hambre en el Sahel en los años setenta, que se presentó como catástrofe natural cuando era «una catástrofe política»: el alimento no ingresaba porque facciones armadas lo impedían, y los países ex coloniales se echaban la culpa entre sí. Su prolongación hoy, dijo, son las personas desplazadas por el empobrecimiento ambiental y el cambio climático que cruzan el Mediterráneo —muchas mueren en el cruce— y a las que los países de destino reciben como «un desafío político»: «Ustedes están enviando desplazados para acá», «mire, son desplazados ambientales», «nosotros fuimos colonia de ustedes».

En clave económica, Terneus leyó el presente de los Estados Unidos —«la economía más endeudada del mundo»— como una doble jugada: dificultar el ingreso de productos que la desbalanceen y «ampliar el espacio de empleo de nuestra moneda», de modo que cada billete cuente con el respaldo material de las tierras, las carreteras y las industrias de otros países. Lo llamó «una ampliación de posesión financiera» y mencionó como ejemplos a Ecuador y Panamá, dolarizados.

Para mostrar qué pasa cuando alguien no comprende la naturaleza de un conflicto, contó una anécdota: un experto en conflictos personales que, de regreso de Salta, le explicaba su plan para «gestionar conflictos climáticos» vigilando a los delegados de una cumbre tras un vidrio y encendiendo una luz amarilla cuando la conversación se empantanara. El problema, graficó, es que ignoraba lo esencial: los delegados que van a una Conferencia de las Partes llegan con instrucciones reservadas de sus jefes de Estado —«de tal línea no me pasa»—. «Es imposible que alguien que no comprenda la complejidad de un conflicto ambiental se dé cuenta» de por qué una negociación se detiene; eso es «falta de idoneidad para entrar a ese conflicto».

Y llegó Ucrania. Terneus lo narró como un movimiento sobre el eje de la gestión: tras la disolución de la Unión Soviética, provincias que por referéndum manifestaron querer integrarse a la Federación Rusa; la OTAN acercando armamento; una escalada que comparó con la crisis de los misiles de 1962 —cuando, recordó, el plan de Bahía de Cochinos fue abortado con ayuda de Rodolfo Walsh, que descifró en La Habana el mensaje codificado de la CIA—. Según su relato, la Federación Rusa respondió con una «operación militar especial»; la OTAN propuso una pausa para una salida política; y, dos años después, Ucrania se había fortalecido. «Nos durmieron», resumió la lectura de Moscú: una tregua usada para ganar ventaja «en el eje de la gestión». Un movimiento, dijo, «tramposo, pero pasó». En el eje de la vinculación puso otro ejemplo de falta de idoneidad: firmar un acuerdo de libre comercio por el que la alta tecnología extranjera —los chips— entra sin aranceles a cambio de exportar chips que el país no fabrica.

El eje silenciado: la comunicación

Nota de la redacción. Las cifras y los datos de actualidad que cita Terneus en este tramo forman parte de su propio análisis.

El eje de la comunicación, advirtió, también puede ser escenario de conflicto, sobre todo cuando se lo silencia. Recordó la Guerra del Golfo de comienzos de los noventa, anunciada «con grandes fanfarrias», y la citó con Karl Marx y su 18 Brumario: los episodios de la historia, escribió Marx retomando a Hegel, parecen repetirse «la primera vez como tragedia y la segunda como farsa».

El ejemplo argentino fue el que, según Terneus, «la población todavía no conoce porque el eje de la comunicación a propósito está silenciado». Afirmó que quien está al frente del país donó —«no vendió, donó»— a un conflicto en Europa Oriental armamento por un monto que cifró en novecientos millones de dólares, equivalente, dijo, a dos años y medio de sueldos de setenta mil empleados públicos: dos helicópteros militares, dos docenas de aviones F-16 que se iban a comprar a Dinamarca y, el año anterior, cinco aviones Super Étendard, «los que tiran los misiles Exocet». Para él, que nada de eso se comunicara «viene a ser una falla en la función a cargo del control de un país».

Lo abstracto y lo concreto: las agendas ocultas

La segunda parte de la clase, más breve, giró sobre una distinción. Terneus advirtió contra la instalación acrítica de «recomendaciones que en mi país funcionaron»: un manual importado —su ejemplo fue «el método japonés»— es una totalidad abstracta que, trasladada sin más a la Argentina, no funciona. Falta el paso por la totalidad concreta del país —su escala, sus recursos, sus aspiraciones sociales— para que «baje explicada». Sin ese paso, las agendas ocultas hacen el resto.

Lo llevó a lo que llamó la posible «tercera gran guerra europea». Si la OTAN se creó para prevenir guerras contra enemigos externos, preguntó, ¿por qué las grandes guerras europeas —de los Treinta Años a las dos mundiales— fueron siempre entre europeos? Recordó la secuencia de las invasiones a Rusia: Napoleón, que avanza y es derrotado; Hitler, que en Mein Kampf proclama la expansión alemana hacia el Oriente y también «rebota». Pero esta vez, dijo, hay un actor nuevo: el privado. Habló de contratos de provisión de armas ya firmados que condicionan cualquier negociación, y citó al presidente Dwight Eisenhower, que en su último mensaje a la nación advirtió que la agenda política estaba siendo «secuestrada» por lo que llamó el complejo militar-industrial. Hoy, afirmó Terneus, generales de alto rango son accionistas de las empresas de armas.

«Hay que seguir la ruta del dinero»

De ahí pasó a las cifras que, sostuvo, explican muchos conflictos por debajo de su carácter manifiesto. Afirmó que el dos por ciento del producto bruto mundial se gasta en armas —«en la Argentina, ni la educación ni la ciencia ni la tecnología tienen el dos por ciento del PBI»— y que la OTAN pretende elevar su gasto al seis por ciento; sumando sueldos, vehículos, instalaciones y contratos, calculó en un catorce por ciento del PBI mundial el gasto en seguridad y defensa.

Sobre ese dinero montó su tesis central. Citando a la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, enumeró las grandes mafias del mundo —la 'Ndrangheta calabresa, la Cosa Nostra siciliana, la Camorra napolitana, las tríadas chinas, entre otras— y señaló a la calabresa como la más rica, con un movimiento que cifró en seiscientos mil millones de dólares por año. Ese dinero, dijo, se recicla con ayuda de los fondos de inversión, y nombró al mayor de todos, BlackRock, al que atribuyó la propiedad del sesenta por ciento de las tierras cultivables de Ucrania y el rol de principal financista de la industria armamentística —Boeing, Lockheed, Airbus—. De las treinta entidades que más financian ese sector, afirmó, ocho son bancos y el resto, fondos de inversión.

Para ordenar la idea recurrió a una figura argentina: el triángulo de Jorge Sábato, uno de los fundadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica, que pensaba la interacción virtuosa entre el Estado, la academia y las empresas. Frente a él, propuso un «triángulo de la guerra» con tres vértices —empresas transnacionales, empresas financieras y ejércitos— y una pregunta: «¿Dónde está el Estado? Fue cooptado». Por eso, dijo citando al juez antimafia Giovanni Falcone, en los conflictos actuales «hay que seguir la ruta del dinero». Bajo esa luz releyó las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia, Canadá y el Golfo de México no como «desvaríos» sino como control estratégico de rutas y de monitoreo de misiles; el conflicto en Gaza como combustible de la industria armamentística; y la presión sobre Venezuela en relación con sus reservas de hidrocarburos.

En el eje de la vinculación ubicó un ejemplo de cercanía: un acuerdo por el cual países de Sudamérica se comprometen a no permitir vuelos a las islas en disputa en apoyo a la Argentina, y un gobierno que rompe ese pacto y habilita vuelos «por cuestiones de logística» de un dinero «privado, oscuro», ligado, según planteó, a la ruta del clorhidrato de cocaína hacia Europa. Su conclusión recorrió toda la clase: muchos conflictos «no son de ideología», aunque aparenten serlo —ese es su carácter manifiesto—; son «los movimientos de los capitales, que son como el magma» bajo los continentes. Y advirtió sobre el uso del eje de la comunicación «para envenenar a la población», con un ejemplo: las campañas contra el papa Francisco, que Terneus vinculó a su disputa con sectores de poder dentro de la Iglesia.

La densidad nacional: qué se puede hacer

Terneus volvió al punto de Kant para cerrar el arco. Cuando un Estado «notifica» que la ciudadanía se evapora —porque se retira de la educación, de la salud, del cuidado público—, dijo, corresponde tomar prevenciones: «El Estado es nuestro, llevó mucho tiempo construirlo y defenderlo». Recordó que los procesos largos no se revierten en una semana —«la solución va a llevar diez años, veinte años»— pero hay que sostenerlos, y rechazó la idea de que exista «una sola forma de realidad, una sola lectura».

Para nombrar lo que un país necesita usó un concepto de Aldo Ferrer: la densidad nacional, sostenida en cuatro ejes —consolidación de las instituciones, gerenciamiento con impronta nacional, pensamiento crítico y cohesión social—. «La población tiene que saber dónde está viviendo y por qué hacemos algo así.» Con esa densidad, cerró retomando a Spinoza, «no importa el contenido que se discuta en el mundo» ni la época: un país conserva su identidad. «Hay que rescatar eso.»

Las preguntas del aula

Diana Márquez hizo de bisagra entre la clase y el intercambio. Rescató el movimiento de Terneus «de lo macro a lo micro», y lo trajo a casa: no se puede entender «el propio conflicto que se da en la comunidad, en nuestro territorio Liberté», sin estos marcos teóricos «que nos ayudan a pensar, abriendo la cabeza», sin quedarse «en nuestro pequeño metro cuadrado».

Desde la sala preguntó Daniel Q., que se presentó con sesenta años y la sensación de haber visto «este país y el mundo en diferentes situaciones». Su planteo fue el del ciudadano que mira los grandes movimientos del poder «por televisión», con angustia, sintiendo que «no podemos hacer nada más que verla pasar»: «¿Qué podemos hacer nosotros, el ciudadano común, para por lo menos sentir que podemos formar una opción?».

Desde Puerto Madryn, en Chubut, intervino Susana Elba López con una reflexión: pidió recordar a todas las personas que huyen de los espacios de guerra —de Ucrania, de la Franja de Gaza, los europeos que en otro tiempo emigraron a América—, y planteó que la inteligencia de muchísimas personas «hace que esas guerras queden» circunscriptas a quienes quieren pelearlas. Diana Márquez sumó la suya: qué lugar tiene la democracia «como gobierno del pueblo» en todo esto, y por qué, aun en la diversidad de opiniones que la enriquece, termina pesando «esto del ganar o perder», con la sensación de que «nosotros casi siempre estamos en el bando de los que perdemos». «Quizás —se respondió— es porque lo estamos viendo desde abajo.»

«Somos minoría, pero no cualquier minoría»

«Son tres preguntas muy buenas; convergen las tres», respondió Terneus. Lo primero, dijo, es «legitimarse para pensar críticamente». Trajo a Mark Fisher y su Realismo capitalista —el «no hay alternativa» que Margaret Thatcher pronunciaba mientras arrasaba con el sistema productivo británico— para preguntar si ese realismo es de veras «sin alternativa». Distinguió, con humor, lo real (lo que se ve), la realidad (su tratamiento), el realista (quien toma posición desde lo real) y el realismo (quien cree que «nada más importa que esto»).

Para mostrar que siempre hubo otra forma de leer recurrió a Antonio Gramsci, que escribió sus Cuadernos de la cárcel durante más de una década de encierro bajo el fascismo, y a su concepto de hegemonía: la visión del mundo que el poderoso impone como la única —«no lo pienses, ya te lo digo yo»—, que es, advirtió, el primer error que marcaba Spinoza y la antesala del fascismo. Después hizo un recorrido por la economía política: Thomas Malthus y la idea de que «la justicia social es una aberración»; la disputa entre Martín Lutero —para quien el hombre lleva el mal adentro— y Thomas Müntzer, «el primer teólogo socialista de Europa», que decía que «nada hay más sagrado para un ser humano que otro ser humano» y que fue aplastado en el siglo XVI; la llegada de esas ideas a las islas británicas con el «el hombre es el lobo del hombre» de Thomas Hobbes en su Leviatán; y la «mano invisible» de Adam Smith, que imaginó la sociedad como una máquina lubricada por el egoísmo.

Frente a esa corriente puso otra. En el judaísmo, dijo, el primer precepto no es «ama a tu prójimo como a ti mismo» sino «ama al otro como a ti mismo»: «primero el otro; gracias al otro somos nosotros». Contó —siguiendo a Hermann Cohen— cómo la palabra hebrea para «otro» se tradujo en la Septuaginta como «vecino» y luego, en la Vulgata, como «prójimo», y cómo esa deriva «desfiguró» un precepto central. Mostró su reverso extremo en el lenguaje del nazismo, que llegó a clasificar a los seres humanos hasta negarles la condición de tales. Y cerró ese pasaje con Martin Buber: hacer el mal «es facilísimo» —por violencia, por impulso, por inacción—; hacer el bien «es laborioso, requiere comprensión, renunciamiento, dedicación».

El cierre fue una leyenda. La de los treinta y seis justos: en el mundo hay treinta y seis personas justas que no saben que lo son, y que sostienen el tejido social para que no se desgarre. Su moraleja, para Terneus, es comportarse con virtud no por premio ni por temor al castigo, sino por convicción. De ahí su mensaje a la comunidad: «Somos una minoría, pero no cualquier minoría». Una minoría que «sostiene la bandera de la justicia, de la participación, de la inclusión, del amor al otro, de la solidaridad» —«en hebreo, justicia significa solidaridad»—. Llamó a una democracia participativa que no se agote en el voto, a «formar aunque sea comunas» y empezar a trabajar, con la certeza de que lo que hoy parece perdido «en una década lo vamos a revertir». Citó a Walter Benjamin y su autómata que jugaba al ajedrez movido por un enano escondido, para decir que «los sensibles» dejan de perder cuando dejan de aceptar la teología que otros les imponen. Y recordó que ninguna especie prospera «si no tiene lazos de asociación»: «Hay que sostener la convicción de que tenemos razón, tenemos solidaridad, tenemos vocación. Nos asociamos».

El tiempo —y la conexión satelital— jugaron en contra durante toda la tarde. «Se nos cae el satélite en un minuto», avisó Pampa más de una vez, y Terneus fue cerrando entre aplausos. Miguel Ángel M., que había abierto el encuentro, lo despidió en nombre de la Universidad Liberté y de Víctimas por la Paz, desde «la cárcel de máxima seguridad de Batán y Cooperativa Liberté», y prometió un próximo encuentro «en clave libre».

Quiénes acompañaron

El EnClave Libre fue organizado por la Universidad Liberté junto a la agrupación Víctimas por la Paz, en modalidad híbrida: un grupo presente en el salón del Punto de Paz, en la Unidad 15 de Batán, y el resto conectado por Zoom. Acompañaron Pampa, presidente de la Cooperativa Liberté; Diana Márquez, secretaria del Consejo de Administración; y Silvana Greco, compañera de vida del expositor. Desde el aula intervinieron Daniel Q. y, por videollamada desde Puerto Madryn, Susana Elba López. La apertura y el cierre estuvieron a cargo de Miguel Ángel M.

Créditos

J

Por Juliana

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