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«Racismo estructural, perfilamiento racial y abolicionismo carcelario»: la clase de Federico Pita en Batán

El viernes 21 de agosto, en el salón Punto de Paz de la Unidad Penal N.° 15 de Batán y en simultáneo por Zoom, Federico Pita dio una clase de dos horas sobre racismo estructural, perfilamiento racial y abolicionismo carcelario. Pita es politólogo por la Universidad de Buenos Aires, fundador y presidente de DIAFAR —la organización afroargentina Diáspora Africana de la Argentina— y edita el segmento Negrx de Página/12. Hubo 107 conexiones desde distintos puntos del país y de la región; en el chat quedaron 137 mensajes. Cerró el abogado César Sivo. Esta es la clase entera.

Dos barreras y una palabra: «el programa»

Pita empezó por lo que le había pasado veinte minutos antes, entrando. En la primera barrera le preguntaron adónde iba. Dijo que a la Universidad Liberté. Le respondieron con una cara rara y una corrección: «ah, el programa». En la segunda barrera, ya dentro de la unidad, pasó lo mismo, con más énfasis.

«Cuando se trata de los espacios que formamos los negros siempre valen menos.»

Federico Pita

Lo contó como anécdota y lo usó como tesis. Quien lo atajó en la barrera, dijo, era tan morocho como él. De ahí sacó una distinción que iba a recorrer toda la clase, y que le atribuyó a un amigo suyo: los negros son «un estado de conciencia, no simplemente un color de piel».

George Jackson, y por qué la fecha no era casual

El 21 de agosto se cumplía el aniversario del asesinato de George Jackson en la cárcel de San Quintín. Pita lo presentó como uno de los grandes pensadores negros del siglo XX y contó su historia: preso a los dieciocho años por un hurto menor, más de una década adentro, más del ochenta por ciento de la condena en aislamiento, veintitrés horas encerrado por día.

Entró sin saber gran cosa de nada, dijo, y fue en la cárcel donde se convirtió en un intelectual. Encontró en la lectura «algo que el sistema no le pudo robar, que es la libertad de lo que iba a pensar». Preguntó a la sala si alguien lo conocía. Nadie levantó la mano.

Ese silencio, para él, era parte del problema: nos hace creer que para ser un intelectual hay que haber pasado por una universidad formal.

La raza no existe como biología, pero existe como poder

Pita desarmó el racismo biológico en dos minutos —el avance de la ciencia ya lo liquidó, dijo, somos todos humanos con la piel más clara o más oscura— para quedarse con lo que sí sigue operando.

«La raza no existe como biología, pero existe como fenómeno político, de poder, de control. Es el que va a definir una línea entre los que somos humanos y los que no son humanos. Y a los que no son humanos se los puede tratar como quien trata a un perro.»

Federico Pita

Rastreó el origen en la sociedad colonial de castas: los negros, sin alma según el poder eclesiástico de la época, bestias que trabajan hasta morir; los indios, humanos inferiores a los que había que «tutelar»; los blancos como medida de lo humano. Y preguntó si el término tutelar sonaba conocido. El Estado lo sigue usando.

Su síntesis del arrastre hasta hoy fue de una sola línea: en la colonia era «negros esclavos, indios servidumbre, blancos de pequeño propietario a gran latifundista». Y ahora: «los negros somos los pobres, los blancos son los dueños». Aclaró enseguida que no estaba opinando: «No estoy haciendo un juicio de valor, estoy describiendo algo que es».

Lo llevó a su propia familia. Es el primer graduado universitario de su familia negra en doscientos años de historia familiar. En la familia blanca de su madre, llegada al país tres generaciones atrás, ya en la primera camada había abogados, arquitectos, diseñadores. «¿Qué quiere decir? ¿Que mi familia blanca era más inteligente que mi familia negra? Falso.» Lo que no existe, dijo, es la igualdad de oportunidades: «en el sistema hay esfuerzos que rinden más y esfuerzos que rinden menos».

El perfilamiento racial: el DNI como pase

Para explicar el perfilamiento racial, Pita fue al apartheid sudafricano, donde durante cuarenta años ser negro era legalmente inferior y hacía falta un pase para circular. Preguntó si a alguien le sonaba. Alguien mencionó a Mandela.

En la Argentina no hay pases, dijo, pero hay documento. Y una policía que lo pide selectivamente.

«Esa es la forma compleja de decir algo muy simple: cuando un policía te para porque sos morocho. Y los sospechosos siempre somos morochos. O sea, si vamos con traje, no es que estamos yendo a una oficina, es que vendemos champú.»

Federico Pita

Lo resumió con un refrán dado vuelta: «aunque el negro vista de seda, negro queda». No importa el barrio ni la ropa. Es, dijo, la portación de rostro.

De ahí pasó a la cifra que ordenó buena parte de la clase: según los estudios que citó, en la Argentina las fuerzas de seguridad matan a una persona aproximadamente cada veintiún horas.

«No existe la bala perdida. Imagínense si se matase un cheto, rubio, ojos celestes, cada 21 horas en Argentina. Se pararía todo. Estarían hablando de genocidio blanco, ¿o me equivoco?»

Federico Pita

Y marcó el denominador común: quienes pierden el trabajo primero, quienes dejan de comer primero, quienes no llegan a la universidad, quienes viven en la villa, quienes van presos y quienes mueren a manos de la policía son siempre los mismos. «Si no lo hablamos de esa manera, difícilmente lo vayas a resolver.»

La revolución haitiana, la que no nos contaron

Pita preguntó quién había escuchado hablar de la revolución de mayo. Todos. Después preguntó por la revolución haitiana. Casi nadie.

Para él, ahí está la trampa completa. Fue, dijo, el único episodio verdaderamente revolucionario de América Latina: el que abolió la esclavitud y sancionó una constitución. Contó que el artículo 15 de esa constitución de 1805 establecía que todos los ciudadanos serían considerados negros —y que ahí «negros» no era un color de piel, porque incluía a los polacos y alemanes que habían llegado como mercenarios del ejército francés y terminaron peleando por la libertad de los negros en la isla.

«A partir de ahora, todos somos negros. No dejaron a nadie afuera. No dijeron: a partir de ahora los blancos son inferiores. No pasó. No es la forma en la que nosotros pensamos.»

Federico Pita

Lo contrastó con la revolución francesa, que habló de libertad, igualdad y fraternidad entre los varones blancos de Europa. Los propietarios blancos de la isla —que sostenían con azúcar una de las principales fuentes de ingreso de Francia— se pelearon entre ellos antes que aceptar la igualdad rodeados de gente esclavizada. En esa grieta, dijo, se coló la revolución.

También contó cómo empezó: una ceremonia clandestina de personas esclavizadas de varias plantaciones, con una sacerdotisa y un líder espiritual vudú, que en apariencia era un ritual y en los hechos fue la conspiración para quemar las plantaciones al día siguiente.

Y cómo terminó: Haití logró la independencia, y después le reclamaron indemnizaciones. «Le terminaron pidiendo que paguen por su propia libertad.» Hoy, agregó, de Haití lo único que se sabe es que es uno de los países más pobres de América Latina, no que fue el proceso revolucionario más exitoso.

«Los negros escucharon hablar de la revolución francesa pero no de la haitiana. ¿Se entiende cuál es la trampa?»

Federico Pita

Cerró el bloque con la frase que le dio sentido a la fecha y al lugar: «Yo soy libre porque todos somos libres».

La intervención sobre Haití y República Dominicana

Miguel Ángel M., integrante de Liberté y persona en situación de cárcel, sumó desde la sala una lectura sobre la unidad entre Haití y República Dominicana en la lucha contra españoles y franceses, a partir de un libro que había leído. Contó que muchas veces se había preguntado a quién se le ocurriría leer de madrugada sobre esas independencias, y que esa tarde estaba hablando justo de eso.

El autor del libro, dominicano, sostenía que los negros no eran muy inteligentes pero sí fuertes, y que por eso fueron convocados por los dominicanos mestizos, que tenían «un grado elevado de inteligencia». La conclusión de Miguel Ángel fue que ahí mismo se partía otra vez el racismo: «como eran menos negros, se consideraban más inteligentes».

Pita tomó el aporte y agregó un dato práctico: hay un especialista en la revolución haitiana, Juan Francisco Martínez Peria, que da clases todos los lunes en Mar del Plata. Propuso traerlo para una conferencia dedicada al tema.

Bernardo de Monteagudo y los billetes

Pita preguntó por Bernardo de Monteagudo. Nadie lo ubicó. Lo presentó como el máximo intelectual negro de la Argentina: tucumano, formado en Chuquisaca, socio de Mariano Moreno y director del primer diario del país, ministro de Guerra y de Relaciones Exteriores, redactor de textos de la independencia en Chile y en Perú, impulsor de un congreso panamericano para crear los Estados Unidos del Sur. Lo mataron a cuchillazos, con sicarios a sueldo, y nunca se supo quién.

Durante mucho tiempo, contó, los retratos lo pintaron blanco.

De ahí pasó a los billetes. Señaló que los dos únicos con personas morochas —Ramón Carrillo y María Remedios del Valle— son también los dos únicos compartidos: en uno, adelante hay una médica blanca; en el otro, adelante está Belgrano.

«Porque los negros van atrás. Ese es el mensaje. ¿Y saben qué nos contestan? Agradezcan que están en los billetes. No lo agradezco yo.»

Federico Pita

Su reclamo no fue de exclusión sino de conducción: «Yo lo que quiero son negros protagonistas. Negros que conduzcan. Quiero compartir el volante».

La respuesta desde el aula: adelante, pero para morir

Una intervención desde la sala matizó la idea de que los negros siempre van atrás. En el cruce de los Andes, dijo, los primeros que fueron al frente fueron los negros, con un uniforme rojo distinto al del resto, y con la arenga de San Martín de avanzar siempre. Pero eso significaba, agregó, ser carne de cañón: terminaron todos muertos.

Pita aceptó la corrección y la incorporó: «Los negros solo vamos adelante cuando nos van a matar, sería».

Angela Davis, el abolicionismo y la interseccionalidad

El segundo nombre de la clase fue Angela Davis, a quien la sala sí ubicaba. Pita la presentó como amiga de George Jackson y como una de las grandes voces globales del abolicionismo carcelario, y describió su denuncia del sistema penitenciario estadounidense como un complejo industrial: un sistema económico privatizado donde las personas presas trabajan para grandes compañías.

Aprovechó para desarmar una idea sobre qué es leer. Si te dicen que para ser inteligente hay que leer a Platón y usar anteojos, dijo, leés a Platón y muchas veces no te dice nada. No propuso cancelarlo: propuso empezar por otro lado.

«Los negros y las negras también escribimos. […] No es un preso que escribe cartas para contar su experiencia. Son negros produciendo reflexiones políticas, filosofía. Lo que pasa es que a veces simplemente no nos lo permitimos, porque nos enseñaron que los negros no pensamos.»

Federico Pita

De Davis tomó también la interseccionalidad, y la explicó con dos ejemplos que fue armando con la sala. Primero: quiénes limpian casas de otra gente. Mujeres, respondió la sala; en una proporción de noventa a diez. Pobres. Morochas. «Para limpiar no hace falta hacer un doctorado. Podría limpiar cualquiera. Sin embargo, son mujeres morochas y pobres.»

Segundo: el Congreso. Hizo notar que hasta que no hubo una ley que obligara a la paridad, la mayoría era varón —y no porque los varones fueran más inteligentes—. Después preguntó por la clase social de diputados y senadores, y por el color de piel. «¿A quién se tienen que parecer? Al pueblo.»

César Sivo: la autopostergación, los lápices y el pasillo

El Dr. César Sivo, del estudio jurídico Sivo Reutemann. Trajo tres escenas.

La primera, de una escritora francesa, premio Nobel de Literatura, de origen obrero, que terminó casada con un hombre de clase media alta: cada vez que la madre de ella iba de visita, se ponía a levantar y lavar los platos. No podía imaginarse sentada de igual a igual. Sivo lo nombró: además de la postergación que viene de afuera, está la autopostergación.

La segunda, la escuela pública: los lápices de colores. La caja de veinticuatro en lata, impecable, con sacapuntas, contra cinco lápices cortitos. Y la vergüenza de esconder el propio.

La tercera, el consultorio jurídico gratuito del colegio de abogados. El acceso era un pasillo tan angosto que la gente tenía que esperar afuera, bajo la lluvia, después de caminar cincuenta o sesenta cuadras, para ser atendida dos horas más tarde por un abogado recién recibido. Sivo propuso llevar la actividad a los barrios. No lo consiguió: la respuesta del colegio fue que si querían venir, que vinieran.

Pero lo que más lo marcó fue lo que le dijeron las propias personas entrevistadas. No les molestaba esperar: estaban acostumbradas «al desprecio, al ninguneo». Lo que les incomodaba era otra cosa.

«Se sentían incómodos porque no tenían ropa adecuada para estar en ese lugar. Tremendo. Es decir: quiero acudir a la justicia para que me ayude, pero siento que me desprecian.»

César Sivo, abogado

Cerró con una escena de sus años en la justicia: funcionarios que, a medida que se sentían importantes, dejaban de darle la mano a las personas presas. «Yo los abrazaba», dijo. La frase que nunca entendió, y que escuchó de jueces, fue: «¿cómo le vas a dar la mano a un preso?».

La pregunta por los jueces afrodescendientes

Desde la sala llegó una pregunta con datos. En Brasil, el 56 % de la población es afrodescendiente y apenas el 13 % de los jueces, estatales y federales, lo es. En la Argentina, según las filminas de la clase, la población afrodescendiente ronda el 5 %. ¿Hay jueces afrodescendientes en el país?

Quien preguntaba agregó una lectura sobre el lugar donde estaban: que una de las cosas que más molesta de Liberté es que «a donde ellos quieren apartar a los negros, les abrieron una universidad». De ahí, dijo, que se la minimice llamándola programa.

El currículum que no se leyó

Antes de la intervención del Dr. César Sivo, el locutor leyó el currículum de Pita que había pasado por alto durante la presentación de los otros ponentes. Pita cerró volviendo sobre ese episodio que había dejado madurar dos horas: en la presentación inicial se leyeron los títulos de todas las personas invitadas, menos los suyos.

«Yo me di cuenta de que el compañero locutor presentó a todos los blancos con sus títulos y a mí no. […] Fue indudablemente un error involuntario, yo lo sé, porque estoy acá, en este espacio.»

Federico Pita

Fue explícito en que no lo decía para pelear. El locutor se disculpó y lo corrigió leyendo el currículum completo, y Pita tomó esa corrección como parte del argumento: el racismo interiorizado lo tenemos todos, se incluyó a sí mismo y también a Sivo, que es su amigo. «Yo soy el conferencista principal, pero no dejo de ser un negro. Y su cerebro le jugó una mala pasada.»

Sobre cómo lo procesó, fue preciso: «Si yo no fuese un negro orgulloso, me quiebra. Si yo no fuese un negro formado, me enojo y me ofendo. Pero como soy un negro orgulloso y formado, esperé mi momento para decírselo».

De dónde le viene ese orgullo lo contó con su abuelo Justo, encargado de un edificio sindical, el primero de la familia con sueldo fijo. Los sábados los sentaba en el living y les daba una instrucción que de chico no entendía: cuando vayan a comer a un restaurante, siéntense en el medio.

«Siéntense en el medio y estén orgullosos de quiénes son, porque igual te van a mirar.»

— El abuelo de Federico Pita, citado por él

Y de ahí sacó la definición que dejó para el final: «El antirracismo es lo que nos enseña a ver. No es la vergüenza que nosotros sentimos. Es el sistema de mierda que nos obliga a tener vergüenza».

Retomó la frase de Angela Davis con la que había abierto ese tramo —en una sociedad racista no alcanza con no ser racista, hay que ser activamente antirracista— y la llevó a la conclusión que le da título a esta clase. No alcanza con una cuota, advirtió, «porque se puede ser morocho de piel, pero pensar como blanco».

«El sistema no es llenar de jueces negros. Porque, ¿saben qué pasa? Cuando el sistema tenga mayoría de jueces negros, ese día el sistema no va a servir más. Porque sirve cuando la mayoría de los jueces no son negros.»

Federico Pita

Sobre qué hacer con la bronca, había dejado antes una respuesta a un chico de una cárcel juvenil que le contó lo que pensaba hacer al salir: «No tenés que agotar esa energía, sino que lo que tenés que hacer es organizarla, porque no está mal que estés enojado si el sistema es una mierda». Y su conclusión sobre la salida punitiva: «no funciona ni con más cárceles ni con más policía».

El chat también fue el aula

Los 137 mensajes del chat fueron una segunda conversación. Hubo testimonios directos. Marén V. escribió: «Yo cuando voy caminando por la calle las personas se cruzan de vereda. O cuando sin querer les salgo de atrás agarran sus carteras o celulares y los cambian de lugar. Por eso pienso que tengo cara de adicta».

Desde Brasil, Yago V. aportó la contracara del dato que Pita había dado sobre la judicatura brasileña: «en el Brasil nosotros negros somos la mayoría, pero con muchas dificultad de tener nuestros derechos seguros. Siempre tenemos que hacer dos veces más que una persona blanca».

Se presentó también Mizangas, movimiento afrofeminista con veinte años de militancia antirracista y posición abolicionista. Y desde Uruguay, Ana G. contó que cuando era estudiante de Derecho iban a asesorar a los barrios, con abogados que los orientaban: consultorios jurídicos barriales, exactamente lo que Sivo no había logrado.

Al final, el chat discutió el episodio del currículum. Rafael M. B. escribió que no compartía el análisis, que había sido «un error involuntario y nada más», y que tratar de adivinar el pensamiento de las personas es un error. La respuesta llegó desde Mizangas:

«Es válido que ud. no lo comparta y también es muy previsible. Al final, su análisis (ud) es de una persona blanca. Y a la blanquitud, se le dificulta bastante entender los efectos sociales del racismo, desde su mirada de privilegios (no sólo económicos). Seguramente fue un “error” involuntario, también lo creo así, pero ese error involuntario es efecto del racismo que formó a cada unx de nosotrxs como sociedad.»

Hellen, de Mizangas, en el chat

La discusión que Pita había abierto en la sala siguió sola, entre personas que no se conocían, mientras él cerraba.

Cómo terminó

Pita dejó un ejemplar de su libro en la biblioteca de la Universidad Liberté. La gira que lo trajo a Mar del Plata había empezado en la Ciudad de Buenos Aires, y esta fue su primera actividad fuera de ahí.

Antes de irse dijo algo sobre el lugar. Que sabía que venía a hablarle a un espacio de mayoría negra como él, y que a la tarde, en otro ámbito, iba a ser distinto: iba a haber más resistencia, más incomodidad. «Porque toca privilegios. De eso se trata.»

El encuentro cerró con micrófonos abiertos y con el aviso de la actividad del día siguiente: jornada de la diplomatura, a las diez de la mañana.

Quiénes acompañaron

Acompañaron el encuentro la Dra. Diana Márquez, secretaria del Consejo de Administración de la Cooperativa Liberté y titular de la Asociación Civil Víctimas por la Paz; el Dr. César Sivo, del estudio jurídico Sivo Reutemann y presidente de la Asociación de Abogados, Abogadas, Jueces y Fiscales de Derechos Humanos de América Latina y el Caribe; el Dr. Jorge Bilbao e integrantes del mismo estudio; y, por Zoom, el Lic. Ricardo Augman, tesorero de la cooperativa, junto a Analía Acevedo y Silvana Greco, cofundadoras de la Universidad Liberté. A Federico Pita lo acompañaron Sol y Franco, del equipo de DIAFAR. La actividad se realizó en el salón Punto de Paz, de la Cooperativa Liberté, con el respaldo de la Universidad Liberté y de la Asociación Víctimas por la Paz, y hubo 107 conexiones desde distintos puntos del país, además de Brasil y Uruguay.

Créditos

R

Por Redacción Liberté

Liberté-pa rimasqan. Editorial equipon qillqasqanta ruwan, huk runaman mana quraspa.

Esta nota fue investigada con apoyo de Juliana, la asistente de IA de Liberté curada por el equipo humano. La redacción y curación editorial final son de Redacción Liberté.

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